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cornelius castoriadis (1922-1997)      
El Filósofo de la Imaginación Social

Luis Carrizo

Separata de Revista de Educación y Derechos Humanos (SERPAJ) Cuadernos para docentes - Noviembre 1998.

 


Un revolucionario, un filósofo radical, un pensador molesto para el orden establecido, un práctico de la audacia... Cornelius Castoriadis fue en vida -y sus obras continúan el trabajo- un crítico de la liberación, tanto más incómodo desde que sus argumentos (que en otro caso podrían ser consignas vacías) se fundamentan en un rigor las más de las veces incontestable.

Apasionado por la libertad y el conocimiento, este griego de origen y francés por adopción se convirtió, en la segunda mitad de este siglo agonizante, en crítico feroz y lúcido de cuanta barbarie ideológica, política, social y educativa pudieran percibir sus ojos. Por eso, aunque sus textos no resulten ligeros, aunque ponga en cuestión aspectos cruciales de las mitologías de quien lo lea, aunque suceda que luego de algunas de sus flechas queda poco en pie, aunque no parezca sexy su propuesta... a pesar de ello, resulta cada día más impostergable meterse a dialogar en serio con Castoriadis. Para los Derechos Humanos, para la Educación, para los Valores, la obra de este greco-francés deja semillas frescas y hasta algunos frutos maduros.
Castoriadis vivió con audacia. Escribió con audacia. Se precisa de ella para leerlo. Eso sí: el premio es alto.


El hombre, a vuelo de pájaro.

 

Cornelius Castoriadis nació en 1922, un día 11 de Marzo, en Constantinopla. Meses después su familia emigra hacia Atenas, eludiendo la confrontación greco-turca. Creció en una ciudad marcada por la dictadura, la Guerra Mundial, la ocupación y la liberación. A sus quince años ingresa a la Juventud Comunista Griega, en la cual formará un grupo opositor. En el calor de la Guerra Mundial, Castoriadis abraza el Trotskismo -izquierda radical griega-, lo cual le hará merecedor de punzantes amenazas de muerte por parte de fascistas y comunistas.   A los 23 años, en uso de una beca de estudios en Francia, Castoriadis abandona Atenas previo al estallido de la sangrienta Guerra Civil griega. En París se une a los Trotskistas y se coloca, junto a Claude Lefort, a la vanguardia de una concepción antiestalinista, libertaria y radical.
La conformación del Grupo Socialismo o Barbarie, en 1949, asegura un crisol donde se dará forma a una línea de crítica constante y provocativa. La Revista Socialismo o Barbarie constituye una intensa experiencia que, a lo largo de quince años y cuarenta números, crece en innovación teórica y en pensamiento revolucionario. Su concepto eje en esa época -el "capitalismo burocrático"- intenta constatar las similitudes más que las diferencias entre capitalismo y comunismo. Su propuesta autogestiva, de liderazgo obrero en la producción, conducía a una tendencia de autonomización creciente en la acción y la toma de decisiones. Su objetivo: generar las bases para una transformación real de la sociedad.
Sus concepciones filosófico-políticas no se caracterizaron por seguir las modas. Más bien, se ubican (no por premeditación sino por creación) en un lugar marginal y estratégico, demostrando en ellas su capacidad anticipatoria de las grandes tendencias sociales. En las últimas ediciones de Socialismo o Barbarie, Castoriadis coloca una nueva alternativa en términos duros para la izquierda contemporánea: "uno debe decidir entre mantenerse marxista o mantenerse revolucionario". Eligió esta última opción. Sus trabajos sobre Marxismo y Teoría Revolucionaria (1964-65) desafían las explicaciones tanto estructuralistas como funcionalistas de la sociedad y la historia, mientras París vivía a pleno el movimiento estructuralista liderado por Lévi-Strauss, Althousser, Foucault.
Las ideas de Socialismo o Barbarie (disuelto en 1967) son las que fraguan las bases de lo que será el espíritu del Mayo Francés. El propio Daniel Cohn-Bendit -mítico líder estudiantil del ´68, participante de las reuniones del grupo- proclamaba con orgullo su "plagio" de Castoriadis y de Socialismo o Barbarie. La participación directa de Castoriadis en estos eventos se encontraba inhibida por su función oficial como Director de Estadísticas, Cuentas Públicas y Estudios de Crecimiento en la OCDE, cargo al que renunciará en 1970. Aún así, su aporte intelectual y su apoyo ideológico a la revuelta estudiantil fue significativo. La autogestión, el poder de la imaginación, la autonomía como proyecto -banderas del ´68-, resonaban desde sus escritos filosófico-políticos.

El campo del Psicoanálisis, que comienza a practicar en 1974, no fue ajeno a su mirada crítica. Una nueva lectura de los textos freudianos origina la descripción teórica de una "mónada psíquica" irreductible en la construcción de lo social y lo cultural. Una novísima concepción de "lo imaginario" lo aleja del predominio especular de la propuesta lacaniana, señalando -en vez- la poiesis de lo imaginario, la creación ex-nihilo, derivando así a la producción no referenciada y a la autonomía sin dominación.
Su implacable crítica a Lacan y su Escuela (algunos de cuyos argumentos se leen en Castoriadis, 1992) lo transforma en un autor cuyas elucubraciones no son del patrimonio hegemónico de las instituciones. Sin embargo, siendo provocativo, Castoriadis jamás es gratuito. Sus fundamentos son -para el espíritu científico no maniatado- de enorme valor revulsivo, combustible para un permanente trabajo de elucidación del ser y el quehacer.

Su concepción de "autonomía" será, en su edad adulta, una idea con presencia permanente, casi una obsesión escudriñando aquí y allá sus significados, sus posibilidades y sus límites.
Por ello, no es extraño encontrar en este autor reflexiones sobre campos tan variados y complejos: filosofía, política, lingüística, democracia, psicoanálisis, economía, historia, sociedad... Su articulación: una nueva y rupturista manera de entender el mundo y su gente. Los conceptos de autonomía y autogestión, la descripción de lo socio-histórico, el estatuto de lo imaginario como elemento fundante del sujeto y la sociedad, la democracia como concepto radical, la elucidación como proceso necesario de liberación... praxis emergente de su crítica sin concesiones y de su espíritu de autodeterminación.

La Autonomía

Como pensador político, como revolucionario, como filósofo, como psicoanalista práctico, Castoriadis cabalga la idea de autonomía a través de estos campos anchos. En un trabajo de 1981, comenta: "En mi trabajo, la idea de autonomía apareció muy temprano, en realidad desde el comienzo de mi actividad, y no como una idea filosófica o epistemológica, sino como idea esencialmente política. Mi preocupación constante es su origen, la cuestión revolucionaria y la cuestión de la autotransformación de la sociedad."
La autonomía como disposición creadora ha estado oculta en los mismos postulados de la propia autoinstitución de la sociedad. Así, las leyes, normas e instituciones que la sociedad se da a sí misma derivan la representación de su origen a determinaciones externas a sí misma y a sus integrantes (v.g. Dios, la razón, la naturaleza, las fuerzas productivas, etc.). Esta fuente extrasocial de la institución oculta, infantiliza y erosiona el potencial autoorganizador de lo social. "El conformista o el apolítico son los que están permanentemente en situación infantil, pues aceptan la Ley sin discutirla y no desean participar en su formación. El que vive en la sociedad sin voluntad en lo que concierne a la Ley, sin voluntad política, no ha hecho más que reemplazar al padre privado por el padre social anónimo. (...) Lo que quiero es que la sociedad deje finalmente de ser una familia, falsa por añadidura hasta lo grotesco, que adquiera su dimensión propia de sociedad, de red de relaciones entre adultos autónomos."
Aquí están planteados debates que hacen a la institución de la sociedad y de los individuos. Aquí están planteados los tejidos individuos/sociedad a los cuales nos remite su concepto de magma: articulando el dominio psíquico con el dominio histórico-social en una coexistencia única. Lo psíquico y lo social -nos dice este autor- son, por un lado, radicalmente irreductibles lo uno a lo otro y, por otro lado, absolutamente indisociables, lo uno es imposible sin lo otro.
Desde este punto de vista, Castoriadis se dispone a precisar y elucidar las condiciones de posibilidad y los obstáculos a la autonomía en el dominio psíquico tanto como en el histórico-social.
De ahí su profundo interés en el psicoanálisis y su concepción de lo inconsciente. La relación del "yo" y el "otro" (interiorizado en "yo") plantea la cuestión de quién habla cuando yo hablo y de qué conciencia tengo yo del origen de mi discurso. Acerca de este sujeto efectivo, penetrado de parte a parte por el mundo y por los demás, Castoriadis no propone una aproximación idealista, de libertad absoluta, negando su complejidad. Propone un camino activo y permanente de elucidación, que permita pasar de la heteronomía a la autonomía. Distingue de la siguiente forma estas dos posiciones: "Lo esencial de la heteronomía -o de la alienación, en el sentido general del término- en el nivel individual es el dominio por un imaginario autonomizado que se arrogó la función de definir para el sujeto tanto la realidad como su deseo."

Castoriadis se apoya en la máxima freudiana Allí donde estaba el Ello, Yo debe advenir, para insistir no en la posibilidad de eliminación de lo inconsciente, sino en la necesidad de tomar su lugar en tanto que instancia de decisión. Por eso, un discurso "mío" no será jamás ni podría ser un discurso exclusivamente mío, sino aquel que retoma sin cesar lo que estaba adquirido -el discurso del Otro- y es capaz de develar sus fantasmas como fantasmas y no se deja dominar finalmente por ellos -a menos que expresamente lo quiera. Así, la autonomía será, no ya elucidación sin residuo y eliminación total del discurso del Otro no sabido como tal: será instauración de otra relación entre el discurso del Otro y el discurso del sujeto.

Pero, más allá del dominio psíquico, la heteronomía y la autonomía se juegan en el mundo social. Castoriadis señala, en relación a ello, que en la vida individual, el combate es monstruosamente desigual, pues el otro factor (la tendencia hacia la autonomía) debe hacer frente a todo el peso de la sociedad instituída. Pero esta "sociedad instituída" que refiere no tiene, con nosotros, una relación de exclusiva externalidad. Por doquier, Castoriadis enfatiza este punto, de muy distintas maneras, y siempre considerando la relación compleja entre individuo y sociedad.
Dice este autor: "lo social es lo que somos todos y lo que no es nadie, lo que jamás está ausente y casi jamás presente como tal, un no-ser más real que todo ser, aquello en lo cual estamos sumergidos, pero que jamás podemos aprehender "en persona". (...) Es lo que no puede presentarse más que en y por la institución, pero que siempre es infinitamente más que institución, puesto que es, paradójicamente, a la vez lo que llena la institución, lo que se deja formar por ella, lo que sobredetermina constantemente su funcionamiento y lo que, a fin de cuentas, la fundamenta: la crea, la mantiene en existencia, la altera, la destruye."
Nuestra relación con lo social, de esta forma, no es una relación de dependencia, sino más bien una relación de inherencia. Por esta situación y entonces por esta posibilidad, la idea de autonomía es tan cara para este autor. Es la condición para la generación de lo social instituyente, transformador, revolucionario, elucidante. Es la condición para atreverse más allá de lo "posible" y de lo "realista".

El exhaustivo análisis de Castoriadis sobre la institución social, en su formulación filosófico-política hacia una sociedad autónoma, sostiene estas consideraciones y se nutre en ellas. Este desarrollo se aprecia, con implacable rigurosidad, en su obra cumbre La Institución Imaginaria de la Sociedad.

 

El dominio histórico-social y lo imaginario.

 

El universo de Castoriadis se organiza alrededor de una novedosa teoría de la imaginación. A través de ella, se le otorga a la imaginación (radical) una poderosísima fuerza creadora de lo real y de lo socio-histórico. Precisamente, en La Institución Imaginaria de la Sociedad va a enfatizar el papel de los significados imaginarios en la construcción, mantenimiento y cambio del orden de la sociedad.
Imaginación radical, imaginario social, creación, tiempo histórico... son concepciones claves para la elucidación de Castoriadis acerca del hombre y la sociedad.
En esta elucidación, el autor se plantea dos cuestiones básicas: en primer lugar, ¿qué mantiene unida a una sociedad?; en segundo término, ¿qué es lo que hace nacer formas de sociedad diferentes y nuevas? La institución y lo imaginario, precisamente, son respuestas a estas interrogantes claves -claves no sólo por un afán epistemofílico, sino integradas a un proyecto político de sociedad autónoma.

Así, Castoriadis afirma que "lo que mantiene a una sociedad unida es evidentemente su institución, el complejo total de sus instituciones particulares, lo que yo llamo la institución de la sociedad como un todo; aquí la palabra institución está empleada en su sentido más amplio y radical pues significa normas, valores, lenguaje, herramientas, procedimientos y métodos de hacer frente a las cosas y de hacer cosas y, desde luego, el individuo mismo, tanto en general como en el tipo y la forma particulares que le da la sociedad considerada (y en sus diferenciaciones: hombre/mujer, por ejemplo)." En esta institución de la sociedad, cobran sustantiva importancia lo que este autor denomina y describe como significaciones imaginarias. Es el tejido de significaciones -que orientan la vida de una sociedad determinada tanto como la de sus integrantes- lo que prestará unidad a la institución total de esa sociedad. Y estas significaciones son imaginarias, porque no se agotan en referencias "racionales" sino que están dadas por el orden simbólico de la creación indeterminada. Así, toda sociedad instituye su propio mundo, su propio sistema de interpretación y, así, su identidad.

Sin embargo, no es esta institución hecha de una vez y para siempre. Ella promueve y genera las condiciones para su propia supervivencia, pero también existen las rupturas históricas que permiten la elucidación y la creación. En esta permanente tensión (entre las fuerzas de lo instituído y las fuerzas de lo instituyente), lo que define a una sociedad autónoma es su actividad de autoinstitución explícita y lúcida, es decir, el hecho de que ella misma se da su ley sabiendo que lo hace. Esta creación, apoyada en un imaginario radical con poder instituyente, se traduce en praxis: una acción que puede tomar apoyo en lo que es para hacer existir lo que queremos ser.

 

Del pensamiento heredado a la democracia posible

 

El pensamiento de Castoriadis, emergente (como él mismo plantea) de la creación histórica, se detiene y avanza permanentemente sobre los cercos de la herencia que la racionalidad instituída pretende ocultar. Según el propio autor, su reflexión se apoya en dos grandes rupturas históricas: la antigua Grecia y la Europa occidental de fines de la Edad Media.
La lucha contra el orden heterónomo ocupará durante toda su producción a este autor, y tomará de la democracia ateniense fuertes referencias para su despliegue. Su reconocimiento queda expresado en estas palabras: "Cuando digo que los griegos son para nosotros un germen, quiero decir, en primer lugar, que los griegos nunca dejaron de reflexionar sobre la cuestión de saber qué debe realizar la institución de la sociedad; y, en segundo lugar, quiero decir que, en el caso paradigmático de Atenas, los griegos aportaron esta respuesta: la creación de seres humanos que viven con la belleza, que viven con la sabiduría y que aman el bien común."

Así como el pensamiento vivo de Pericles en su Oración Fúnebre impresionó el espíritu inquieto de este pensador griego, francés y universal, así el pensamiento vivo de Castoriadis permanece -vigente y polémico, provocador y estimulante- más allá de su propia muerte.

 

casi un credo...

(Tomado de "La Institución Imaginaria de la Sociedad", Tomo I, pág. 157 y ss.)

 

 Tengo el deseo, y siento necesidad, para vivir, de otra sociedad que la que me rodea. Como la gran mayoría de los hombres, puedo vivir en ésta y acomodarme a ella -en todo caso, vivo en ella. Tan críticamente como intento mirarme, ni mi capacidad de adaptación, ni mi asimilación de la realidad me parecen inferiores a la media sociológica. No pido la inmortalidad, la ubicuidad, la omnisciencia. No pido que la sociedad "me dé la felicidad": sé que no es ésta una ración que pueda ser distribuida en el Ayuntamiento o en el Consejo Obrero del barrio, y que, si esto existe, no hay otro más que yo que pueda hacérmela, a mi medida, como ya me ha sucedido y como me sucederá sin duda todavía. Pero en la vida, tal como está hecha para mí y para los demás, topo con una multitud de cosas inadmisibles; repito que no son fatales y que corresponden a la organización de la sociedad. Deseo, y pido, que antes que nada, mi trabajo tenga un sentido, que pueda probar para qué sirve y la manera en que está hecho, que me permita prodigarme en él realmente y hacer uso de mis facultades tanto como enriquecerme y desarrollarme. Y digo que es posible, con otra organización de la sociedad para mí y para todos. Digo también que sería ya un cambio fundamental en esta dirección si se me dejase decidir, con todos los demás, lo que tengo que hacer y, con mis compañeros de trabajo, cómo hacerlo.

Deseo poder, con todos los demás, saber lo que sucede en la sociedad, controlar la extensión y la calidad de la información que me es dada. Pido poder participar directamente en todas las decisiones sociales que pueden afectar mi existencia, o al curso general del mundo en el que vivo. No acepto que mi suerte sea decidida, día tras día, por unas gentes cuyos proyectos me son hostiles o simplemente desconocidos, y para los que nosotros no somos, yo y todos los demás, más que cifras en un plan, o peones sobre un tablero, y que, en el límite, mi vida y mi muerte estén entre las manos de unas gentes de las que sé que son necesariamente ciegas.

Sé perfectamente que la realización de otra organización social, y su vida, no serán de ningún modo simples, que se encontrarán a cada paso con problemas difíciles. Pero prefiero enfrentarme a problemas reales que a las consecuencias del delirio de un De Gaulle, de las artimañas de un Johnson o de las intrigas de un Jruschov. Si incluso debiésemos, yo y los demás, encontrarnos con el fracaso en esta vía, prefiero el fracaso en un intento que tiene sentido a un estado que se queda más acá incluso del fracaso y del no fracaso, que queda irrisorio.

Deseo poder encontrar al prójimo a la vez como a un semejante y como a alguien absolutamente diferente, no como a un número, ni como a una rana asomada a otro escalón (inferior o superior, poco importa) de la jerarquía de las rentas y de los poderes. Deseo poder verlo, y que me pueda ver, como a otro ser humano, que nuestras relaciones no sean terreno de expresión de la agresividad, que nuestra competitividad se quede en los límites del juego, que nuestros conflictos, en la medida en que no pueden ser resueltos o superados, conciernan unos problemas y unas posiciones de juego reales, arrastren lo menos posible de inconsciente, estén cargados lo menos posible de imaginario. Deseo que el prójimo sea libre, pues mi libertad comienza allí donde comienza la libertad del otro y que, solo, no puedo ser más que un "virtuoso de la desgracia". No cuento con que los hombres se transformen en ángeles, ni que sus almas lleguen a ser puras como lagos de montaña -ya que, por lo demás, esta gente siempre me ha aburrido profundamente. Pero sé cuánto la cultura actual agrava y exaspera su dificultad de ser, y de ser con los demás, y veo que multiplica hasta el infinito los obstáculos a su libertad.

Sé, ciertamente, que este deseo mío no puede realizarse hoy; ni siquiera, aunque la revolución tuviese lugar mañana, realizarse íntegramente mientras viva. Sé que, un día, vivirán unos hombres para quienes el recuerdo de los problemas que más pueden angustiarnos hoy en día no existirá. Este es mi destino, el que debo asumir, y el que asumo. Pero esto no puede reducirse ni a la desesperación, ni al rumiar catatónico. Teniendo este deseo, que es el mío, no puedo más que trabajar para su realización. Y, ya en la elección que hago del interés principal de mi vida, en el trabajo que le dedico, para mí lleno de sentido (incluso si me encuentro en él, y lo acepto, con el fracaso parcial, los retrasos, los rodeos, las tareas que no tienen sentido por sí mismas), en la participación en una colectividad de revolucionarios que intenta superar las relaciones reificadas y alienadas de la sociedad actual, estoy en disposición de realizar parcialmente este deseo. Si hubiese nacido en una sociedad comunista, la felicidad me hubiese sido más fácil -no tengo ni idea, no puedo hacerle nada. No voy, con este pretexto, a pasar mi tiempo libre mirando la televisión o leyendo novelas policíacas.

 

 Bibliografía consultada.

Castoriadis, Cornelius - Los Dominios del Hombre: las encrucijadas del laberinto.

Gedisa, Barcelona, 1988.

" - La Institución imaginaria de la Sociedad.

Vol. 1: Marxismo y Teoría Revolucionaria.

Tusquets, Barcelona, 1983.

" - La Institución imaginaria de la Sociedad.

Vol. 2: El Imaginario Social y la Institución.

Tusquets, Barcelona, 1989.

" - El Psicoanálisis, proyecto y elucidación.

Nueva Visión, Buenos Aires, 1992.

" - La cuestión de la autonomía social e individual.

Rev. "Contra el Poder", Nº 2, Madrid, 1998.

" - Textos varios publicados en Comunidad, Nº 4, Estocolmo/Montevideo, 1990.

Colombo, Eduardo - El Imaginario Social Nordan, Montevideo, 1989.

Vera, Juan Manuel - Cornelius Castoriadis: la interrogación permanente.

"Iniciativa Socialista", Nº 48, Madrid, 1998.

 

 castoriadis dixit...

No se honra a un pensador alabándolo y ni siquiera interpretando su trabajo, sino que se lo hace discutiéndolo, manteniéndolo así vivo y demostrando por los hechos que ese autor desafía el tiempo y conserva su vigencia.

 

Lo psíquico y lo social son, por un lado, radicalmente irreductibles lo uno a lo otro y, por otro lado, absolutamente indisociables, lo uno es imposible sin lo otro.

 

Cuando digo política no hablo de elecciones municipales ni presidenciales; la política, en el verdadero sentido del término, es el cuestionamiento de la institución efectiva de la sociedad, es la actividad que trata de encarar lúcidamente la institución social como tal.

 

El ciudadano ateniense no es un "filósofo privado" ni un "artista privado", es un ciudadano para quien el arte y la filosofía han llegado a ser modos de vida.

 

Sólo la educación (paideia) de los ciudadanos como tales puede dar un contenido verdadero y auténtico al "espacio público". Pero esa paideia no es principalmente una cuestión de libros ni de fondos para las escuelas. Significa en primer lugar y ante todo cobrar conciencia del hecho de que la polis somos también nosotros y que su destino depende también de nuestra reflexión, de nuestro comportamiento y de nuestras decisiones; en otras palabras, es participación en la vida política.

 

Es la institución de la sociedad lo que determina aquello que es "real" y aquello que no lo es, lo que tiene un sentido y lo que carece de sentido.

 

La práctica tiene un vínculo estrecho con la "teoría", tanto con lo que la teoría dice como, sobre todo, con lo que la teoría calla, excluye de su campo, vuelve no pensable para quien la acepta.

 

Estamos siempre frente a una realidad humana en la cual la realidad social (la dimensión social de esta realidad) recubre casi totalmente la realidad psíquica.

 

Lo que llamo elucidación es el trabajo por el cual los hombres intentan pensar lo que hacen y saber lo que piensan.

 

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